Y entonces volvió a suceder. Me volvió a arrastrar al interior de mi mente. Me dejó flotando en aquella nube de felicidad de la que no podía quería escapar. Me invadió esa sensación de eternidad, esa enfermedad que me hacía necesitarle tanto, que me obligaba a pensar que le quería demasiado. Surgieron de mis lápices y bolis "te quieros" y "te amos", los dejé grabados en mesas, sillas y folios. Empezó la guerra de mariposas en mi estómago, se me volvió a quitar completamente el hambre. El aire que respiraba parecía no contener oxígeno, y pasé a ahogarme por no poder respirarle. Odiaba aquella sensación. Sí, la odiaba, porque creía que me hacía débil. Creía que me hacía cursi, y yo siempre había odiado todo eso. Yo nunca había creído en los cuentos de princesas, ni en el amor duradero. Pensaba que eran tonterías, que jamás ocurriría. Y entonces apareció él, comportándose como un príncipe, pero no como un príncipe cualquiera, sino como el de mis sueños. Porque, claro, entonces descubrí que sí que tenía sueños, que sí creía en los finales felices, que sí era capaz de amar a alguien hasta la muerte. Y odiaba eso. Odiaba pensar que ya no era la chica de antes. Que ya no me conocía, que no tenía nada claro. Odiaba necesitarle tanto, soñar con su sonrisa día tras noche, perderme en sus abrazos y volar a través del infinito cielo de sus ojos. Porque ya no era simplemente querer a alguien. Ya era necesitarle. Ya era no poder ignorarle. Ya era pedir a gritos que me hablara. Ya empezaba a parecer una loca enamorada...
Y una vez más volví a equivocarme. Porque amarle no me hacía más débil. Todo lo contrario: me hacía luchar con más fuerza por lo que quería, me daba el valor de recorrer aquellas calles malditas yo sola en busca suya, me daba fuerzas para superar cualquier adversidad. Pero, claro, todo esto carecía de sentido si no estaba con él...

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